Eran las nueve, en principio habíamos quedado para despejarnos e ir a tomar algo, o al menos esa era nuestra intención. Nos esperaba un largo camino hasta llegar a la playa y una vez allí, andar por aquel interminable paseo.
Nos dió tiempo a todo y más. A conversar, a criticar, a echarnos unas risas... Inclusive hasta a pelearnos. Fue una pelea más, una entre muchas otras diarias. Después de mil y un ruegos y rechazos logramos resolver nuestras diferencias, aceptarlas y reconciliarnos con un tímido beso.
Con unas bravas, un zumo y una Fanta Naranja se nos fue media noche. Entre una cosa y otra se nos hizo tarde y nos preguntamos dónde ir o si quizás la mejor opción era la de volver a casa. Decidimos que no, que había mucha noche por delante, que nos íbamos a las rocas a charlar de todo un rato más. Sin prisas. Sin toalla.
Buscamos un sitio más apartado de la muchedumbre y a la luz de la luna nos besamos. Miramos las estrellas, escuchamos el romper de las olas... Por unos instantes se detuvo el tiempo, se nos paró el corazón. El me abrazó y me sentí querida, protegida. Una grata sensación algo extraña me recorrió el cuerpo: deseaba que no me soltara nunca.
Fué sentir su piel i comenzar a perder la cabeza, el corazón nos iva a cien por hora... Mi mirada clavada en la suya. Sus labios ambiciosos murmuraron con voz entrecortada “Bff.. Estás loca...” Mi respuesta fue clara y convincente: “Shhht, es simple: déjate llevar.”
[Sus manos empezaron a enredarse en mi pelo, seguidamente recorrieron mi rostro, bajaron hasta mi cuello y siguieron deliniandome el cuerpo... Mientras las mias se dedicaban a hacerlo callar...]


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