Sentada en las rocas, delante de una playa desierta oye el viento soplar, mira al cielo y ve reflejado su rostro. Cierra los ojos y palpa a su alrededor. No encuentra nada, está todo igual que cuando permanecían abiertos. Se descalza, quiere sentir el frío en sus pies, quiere pisar, bajar y así poder fundirse en la arena. Mira allí, al fondo, vuela una gaviota. Fue quien trajo el recuerdo y se llevó el miedo. Se saca la camiseta, sigue sola, sin nadie. Ni siquiera hay estrellas en el cielo. Le gusta sentirse libre, sin complejos.
Juega con la arena, levanta un puñado y la deja caer para que recorra su cuerpo. La brisa la hace volar, se lleva los granos de arena, tan solo siente un leve cosquilleo. Pasea, suelta su pelo, lo deja caer en su espalda. Ella, a si misma, se abraza. Quiere sentirse, saber que sigue ahí, viva, frente al mar. En la cala, con ella misma, protegiéndose. ¿De qué? Del frío, del recuerdo, de la luna.
Decide subirse los pantalones y con cuidado moja sus pies. ¡Qué sensación!, que gran placer. Opta por quitarse algo más. Se deshace de los pantalones, quedando semidesnuda ante el mundo, se mira, se gusta, se quiere como nunca antes lo había hecho. Anda, corre, grita. Pasea por la playa y entra al eterno mar, dejando sus pertenencias a su paso, a medida que avanza, completamente desperdigadas. No se detiene, se sumerge, se convierte en sirena.
[Desde esta orilla no escucho tu voz..]


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